Habemus cuenta en Facebook
Nos días.
Por decisión unilateral de mi vecina (y manager) Chop, La Mujer Tirita tiene cuenta en Facebook.
No prometo nada porque me ha llevado una semana poder poner un mensaje en el muro (o algo).
De todos modos, yo lo que voy a seguir actualizando (poco) es el blog...
Hale, voy a seguir sodomizando becarios.
Él nunca lo haría
Desde que Galleta ya no lloriquea cuando tiene que caminar más de dos kilómetros, he cogido la sana costumbre de salir con cierta frecuencia al campo. Me voy sola a pesar de que la mayor parte de la gente cree que caminar sola por el campo es MUY peligroso y es poner en evidencia que eres una persona triste y solitaria.
En mi caso, lo que pone en evidencia es que mis amistades son una pandilla de vagos (desde el cariño).
Así, ayer cogí a Galleta y un bocata de jamón y me marché a la sierra de Madrid, a coronar una pequeña montaña.
Galleta disfruta mucho en el campo, dedicando sus esfuerzos a la caza menor (léase saltamontes, lagartijas y hierbas) mientras yo me voy dejando los pulmones en cada pasito. Vamos, una imagen de lo más bucólica. Sin embargo, ayer se dio una situación ciertamente estresante.
Caminábamos ambas dos ladera arriba cuando, torciendo una curva, nos encontramos con unas 117 terneras que pastaban tranquilamente en un prado. Yo, conociendo a mi bestia, procedo a ponerle la correa y ella, notándose bajo mi protección (todo el mundo sabe que soy el terror de las vacas) se crece y se convierte en Cujo.
Sé que las vacas son de naturaleza tranquila y que lo más que hacen es mirar con esos grandes ojos de huevo. Sin embargo hay que contar con el factor imprevisible del concepto “cachorro”.
No conozco a un solo cachorro de ser vivo que no se pueda considerar temerario.
De repente de entre las 117 vacas, una ternerita blanca, despeluchada y con unos tímidos cuernecillos (del tamaño de mi brazo) se levanta y decide que hemos de ser considerados seres muy peligrosos, de tal modo que al grito de “mu” se lanza en pos de nosotros.
Yo no soy especialmente miedosa con los bichos, siempre y cuando no pesen dos toneladas, así que, sí, me inunda el terror y al grito de “¡Corre Galleta, por tu padre!”, comienzo a correr emulando a Fermín Cacho.
Nuca creí que fuese capaz de saltar vallas mientras arrastro a un bicho de 32 kilos, es increíble la fortaleza que saca el ser humano cuando es perseguido por una ternera asesina.
A todo esto, Galleta lo único que debía de pensar mientras miraba a la vaca es “¡Oh! Qué gran culo para olisquear…” porque ladraba con curiosidad mientras movía el rabo a una velocidad de vértigo. Estoy segura de que si la hubiese soltado, hubiese sido capaz de robarme el bocadillo para llevárselo a la ternerita como invitación a jugar.
Efectivamente varias horas después pude comprobar con mis propios ojos cómo Galleta corría alrededor de una vaca llevando entre sus fauces un palo con la sana intención de jugar. En esos momentos, si pudiese me haría un corte de mangas, lo sé. Últimamente me acuerdo mucho del anuncio ese de “Él nunca lo haría”, pues bien… Galleta sí lo haría.
EL ERROR tipográfico
Llego a casa y tengo un post-it en el buzón: "El conserje tiene paquete".
Juro que algún día pegaré un post-it en la conserjería que diga "La Tiri tiene tetas".
El conserje con paquete me entrega una caja que sospecho son mis libros.
Trotando me dirijo al ascensor y mientras las puertas se cierran apuñalo la caja con las llaves.
Galleta me mira con cara no entender por qué no utilizo mi poderosa dentadura para abrir cajas.
¡¡Sí!! Vislumbro una portada llena de tiritas. "La Mujer Tirita: Diario de desastres y catástrofes varias". Pozí. Soy yo.
Tal y como yo quería, mi nombre no sale en portada, podré conservar al anonimato.
Me busco en la página del copyright, que es el único sitio donde tiene que salir: "Fulanita de Tal, La Mujer Tirita" así, en papel. El orgullo familiar. La inmortalidad efímera del libro de bolsillo. ¡Oh, Dios mío! !Qué emoción!.
Leo la información de la primera edición, la editorial, los datos de la imprenta y por fin, el copyright...
¿¿!¡??
¿Quién carajo es Nieves? Mi apellido sí está, pero no mi nombre.
¡Ains! Ya no podré decirle a los nietos de mi vecinos, que escribí un libro. En mi DNI no pone "La Mujer Tirita" y tampoco pone "Nieves".
En mi cara se esboza una sonrisa que precede a una sonora carcajada. El anonimato llevado al extremo. Como reza el dicho popular "¿No querías arroz? Pues toma, dos tazas".
Ciertamente mi vida es un "diario de desastres y catástrofes varias" hasta el final.
Ta-Chán

Pues nada.
Os comunico que a partir del 20 de Octubre, editorial mediante, estarán en las librerías de España
mis vergüenzas, mis intimidades y las de mi madre.
La Mujer Tirita materializada en papel. El Libro que me costará la vida cuando todos aquellos lectores que gasten sus dineros y su tiempo quieran inmolarme.
¡¡¡AINS!!
Lo siguiente... el Nobel de la Paz, por supuesto.
La cosa
- Bueno ¿y qué?¿qué tal el curso de internet?
- Pues bien, pensé que tendría que salir muchas veces a hacer pis en dos horas y que probablemente me dormiría, pero se me pasó mu rápido…
- ¿Y qué has aprendido?
- Pues a encender y a apagar el ordenador y a pasar de una cosa a otra…
- ¿Qué cosa?
- Y… y… a encender y a apagar el ordenador…
- ¿Pero de qué cosa a qué otra?
- Y tenemos un ordenador para cada dos personas. Ná, he tenido mu mala suerte porque me ha tocao un señor, de estos que todavía se creen que llevan los pantalones y se ha adueñao de la rata esa. Total, que encima tiene parkinson, así que hemos estao media hora para escribir su nombre… y se llama Paco…
- ¿Pero de qué cosa a que otra, mamá?
- Pues hija, no sé… yo sé que primero había una cosa y me han enseñado a poner otra, pero no sé para qué valen ninguna de las dos…
Intenné
Hoy empieza mi señora madre un curso de Internet. Teniendo en cuenta que no acaba de entender el mecanismo de un fax, miedo me está dando.
Por supuesto, ya nos hemos puesto de acuerdo todos los hijos en que NO le vamos a comprar un ordenador, que NO le vamos a dar clases particulares y que NO vamos a facilitarle ninguno de nuestros correos electrónicos (al menos los reales).
Mi madre lo sabe y le parece bien.
Pienso llevarme una grabadora para poder transcribir letra por letra en este blog la explicación de qué han hecho el primer día.
Por fin vuelvo...
Como en casa de Mamá Tirita. Mientras ella intenta comer, mi joven sobrina se encarama en su regazo mientras golpea insistentemente el cráneo de mi señora madre con una pala.
Pienso en cuántos hijos adultos desean hacer eso alguna vez.
- Mamá, no dejes que te haga eso...
- ¿Por qué, si es muy graciosa?
CLONC, CLONC, CLONC
- Porque algún día verá natural atizarte con un bate de beísbol...
En mi casa nos educaron en la cultura del terror. Cuando tu madre te decía "tú verás", significaba que hicieses lo que hicieses acabaría todo dolor físico o, lo que era peor, dolor psicológico.
En plena edad del pavo sufrí una significativa "pasión de urraca", esto es: adoraba cualquier abalorio que tuviese el color chungo del "gold-field", el invento para los pobres quiero-y-no-puedo, o directamente del cobre bañado en... mantequilla. Iba yo por la calle brillando por mi presencia.
Por supuesto, mis más preciados bienes eran los de plata y en especial un anillo que era tan grande como mi cabeza.
Un día, mi preciada joya desapareció en casa. Me levanté y ya no lo encontré donde me lo había dejado la noche anterior. Anduve con la esperanza de que apareciese tal y como había desaparecido, pero no.
Cinco años después, para mi cumpleaños, Mamá Tirita me hace entrega de las tradicionales bragas de cuello alto y un pequeño paquetito. Era el anillo, sí. Su único argumento para regalarme un anillo previamente robado era que así aprendería a dejar las cosas en su sitio. No sé si "por su sitio" entendía mi dedo o la nevera o la caja de galletas (con galletas) donde se esconden las perlas de Mallorca.
Partiendo de esa premisa, vivíamos en mi casa con el miedo del robo interno. El principal problema era que para evitar que alguien "te robara" el paraguas o las plantillas de los zapatos, todo era escondido con tal meticulosidad que finalmente cuando lo necesitabas no lo encontrabas.
Así, abrir cajones en casa de mi madre es toda una aventura. Debajo de los cubiertos, en la cocina, podíamos encontrar la cartilla del banco. Entre las mantelerías estaba discretamente escondido el perfume que le regalaron por reyes y que ella consideraba "mu güeno". Debajo del sofá había un paraguas. Detrás de las cortinas del comedor, detrás del radiador había unos auriculares Casio que estaban ya inservibles.
Y han pasado los años, y a pesar de que vive sola, sigue haciendo exactamente lo mismo. Ha llegado a confesar que había perdido un reloj de oro que alguien le regaló para su boda. Y no, no estaba debajo de los cubiertos, pero los cascos de Casio siguen allí.